“Del orgullo de ser mexicanos”
Escrito por: Uwe Lludo, Sin Comentarios »
Me permito exponer el siguiente artÃculo (de donde proviene el tÃtulo del post) el cual apareció en la publicación “Comunidad” de CCH Vallejo el 8 de febrero del 2010 y del cuál es autor el Prof. Noé Agudo.
Existe por estos dÃas una propaganda estúpida cuya intención es hacernos sentir orgullosos de ser mexicanos. Independientemente de que las filias chovinistas y nacionalistas siempre han sido un socorrido expediente de la derecha, el orgullo de ser mexicano, chileno, cubano o lo que sea, es algo que – como el respeto y cuidado hacia la naturaleza – sólo puede existir si se inculca con el ejemplo y luego se continúa con la educación. Pero en este caso “sentirse orgullosos de ser mexicanos” es sólo una vacilada que se propone para “celebrar” el bicentenario de la independencia a una nación que se pregunta si no estaba mejor en esa época. (Y tal vez porquela revolución gusta menos a los panistas, no saben aún que proponer al respecto.) Por otra parte basta conocer las encuestas que se aplican entre la población para saber a qué paÃs queremos parecernos (los Estados Unidos en primer lugar, y en segundo ¡China! Nexos de enero de 2010) y por dónde anda “el orgullo ser mexicanos”.
Y no es que no debamos estar orgullosos o que no tengamos héroes y hechos para estarlo. Pero los “edificantes” ejemplos que recibe la población hoy dÃa para sentirse orgullosa de ser mexicana son los de la impunidad, el oportunismo feroz, la traición a los principios, la simulación ( ¡oh, esa voz engolada de Manlio Fabio Beltrones y el copete de Peña Nieto! ), la inutilidad, el trasvestismo polÃtico,la hipocresÃa y el cÃnismo, que dan como resultado el cieno de la corrupción ( en la que ocupamos uno de los primeros lugares ), las masacres, los decapitados, los privilegos indignantes y los actos más viles para conservar o hacerse del poder.
Hace una semana me referà a uno de los pocos ejemplos de los cuales podemos ufanarnos: la consistencia y visión polÃtica de Juárez para aplicar las Leyes de Reforma y su temple de estadista para saber qué era lo que un paÃs destrozado, hambriento y rehén de las fuerzas clericales necesitaba para avanzar. Recuerdo que estudiaba la secundaria cuando me tocó presenciar los fastos del primer centenario de su muerte (1972). Fue un bombardeo intenso de campañas, imágenes, frases, monumentos, pelÃculas, series de TV, bautizo de avenidas, poblaciones, escuelas y todo lo que se pudiera designar con el nombre del patricio. Lo único que lograron los gobernantes de aquellos años fue endiosar o trivializar la imagen de un hombre tan lejano ideológica y politÃcamente a ellos, porque su necesidad era legitimarse después de las masacres del 2 de octubre de 1968 y del 10 de junio de 1971, asà como los de hoy quisieran lavar con las celebraciones su desprestigio e ineptitud como gobernantes.Al estudiar el bachillerato, el desdén por conocer la historia nacional y la obra de Juárez, inoculado por las conmemoraciones del centenario de su muerte, se incrementó con las “interpretaciones marxistas” de la historia, tan en boga por aquellos años. En realidad se trataba de un adoctrinamiento (bien intencionado, si se quiere) que nos tendÃa un velo para conocer los auténticos problemas de México y su historia. Sin embargo, gracias a la magnÃfica pluma de don Andrés Henestrosa pude leer un librito suyo sobre la vida y obra de Juárez que me advirtió del grave error de ignorarlo ( Los caminos de Juárez, FCE, 1972). Tiempo después, cuando entrevisté a ese otro sabio periodista llamado Fernando BenÃtez, conocà otro libro suyo que también aborda la figura y obra de Juárez ( Un indio zapoteco llamado Benito Juárez, Taurus, 1998), donde se lee esta advertencia: “Nuestra historia en el siglo XIX es trágica y gloriosa por Benito Juárez, un indio zapoteco que nació en Guelatao, una aldea que no tenÃa iglesia ni escuela; un hombre que, no obstante haber nacido en las postrimerÃas del virreinato y sufrido en carne propia el infamante sistema de castas, concluyó sus estudios de jurisprudencia y llegó a ser presidente de México”.
Pero hacÃan falta muchas otras lecturas para aquilatar su figura y legado. Desde la comedida biografÃa que le dedica don Justo Sierra, hasta la diatriba redactada por Francisco Bulnes, pasando por las obras de Fuentes Mares, Valadés, Pereyra y la Historia Moderna de México de don Daniel CosÃo Villegas. Pero en un lejano estante de uno de mis libreros, continuamente me guiñaba el ojo Juárez y su México, de Ralph Roeder, quizá la mejor biografÃa escrita sobre el Benemérito. Un libro documentado con la paciente y meticulosa erudición del sabio, pero también con la simpatÃa y admiración del amigo, que me permitió por fin comprender la grandeza del zapoteca.
Juárez y su México es no sólo la biografÃa de un gran hombre sino un recorrido por la historia del siglo XIX, en la que desfilan personajes de opereta como Santa Anna y Charles Dubois Saligny, trágicos como Maximiliano y Carlota, prejuiciosos como Marx y Engels ( ¿conocerán los marxistas recalcitrantes que Engels escribió acerca de la invasión de los Estados Unidos a México: ” En América hemos presenciado la conquista de México por EE.UU, lo que nos ha complacido. Constituye un progreso, también que, un paÃs ocupado exclusivamente en sà mismo, e impedido a todo desarrollo, sea lanzado por la violencia al movimiento histórico”, y que el “descubridor” de las “leyes cientÃficas” de la historia escribiera a propósito de los mexicanos y españoles: “Los españoles están completamente degenerados. Pero, con todo, un español degenerado, para un mexicano, constituye un ideal…”???), sangrientos como Miramón y Márquez, siniestros como Miranda y Almonte, heróicos como Ocampo y Degollado y casi celestiales como Prieto y Riva Palacio. Pues bien, todo eso y más es Juárez y su México (FCE,1984), un libro que recomiendo ampliamente si queremos conocer de qué podemos estar orgullosos.
No se sabe mucho de su autor, Ralph Roeder. Sólo que era un historiador reconocido mundialmente por dos obras ( El hombre del Renacimiento y Catherine de Medicis ), antes de escribir la biografÃa de don Benito Juárez en 1942, año en que llegó a México para quedarse hasta su muerte, en 1969. Se sabe que su padre era alemán y su madre francesa, su segundo apellido era Leclerc. Dejó inédito Hacia el México Moderno y, como bien afirma Vicente Quiriarte, ” era un amante de la belleza, de la bondad y del amor”. Su libro asà lo demuestra, y mal harÃamos en no conocerlo.
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